Claudio el dios y su esposa Mesalina

Una continuación, ¿mejor o peor?

“Claudio el dios y su esposa Mesalina”, de Robert Graves

claudio-el-diosHace ya 80 años que el poeta y novelista Robert Graves, siguiendo la senda de los historiadores clásicos Tácito y Suetonio, reconstruía la Roma imperial del siglo I y nos acercaba a la hasta entonces desconocida figura de uno de sus primeros dirigentes, un antihéroe de manual que contra todo pronóstico sobrevivía a una adolescencia y juventud bastante turbulentas para ya en la madurez darse casi de bruces con la “jaula dorada” del imperio. El patetismo del personaje y su rico mundo interior, en contraste con la gente que lo rodeaba, más poderosa y asimismo más proclive a convertirse en blanco de intrigas, le dotaban de un encanto y empatía irresistible con el lector. La novela resultante, Yo Claudio, perfecta descripción de una época y unos personajes  (la familia imperial) decididamente fascinantes, sigue siendo una de los mejores recreaciones históricas auspiciadas bajo el telón de fondo de la Roma clásica. Su éxito (que cuarenta años después refrendaría y mitificaría su adaptación televisiva) llevó al autor a escribir la consiguiente secuela, Claudio el dios y su esposa Mesalina, cuyo análisis aquí nos ocupa.

Esta continuación que ahora reedita Alianza Editorial, mantiene las líneas generales de la primera novela, aunque el horizonte temporal  de cerca de 80 años de Yo, Claudio, ha quedado aquí reducido a 13, los que componen el  mandato del protagonista al frente del imperio. Observamos que la llegada de Claudio al poder ha eliminado algunos de sus problemas a cambio de crear otros nuevos.  La fidelidad y calidad humana de sus aliados (el rey Herodes Agripa), sus consejeros y su mujer Mesalina es de lo más cuestionable.  Pese a su buena gestión, el poder es un bocado demasiado apetitoso para no llamar la atención a candidatos ambiciosos en busca del golpe de estado.  En este hilo de alambre es donde se mueve con más suerte que acierto el inexperto y enfermizo emperador.

¿Hay peros en esta novela? Los hay. El principal, el propio desarrollo de la historia. Al otorgar el poderal protagonista un poder absoluto, la narración se desprende de la urgencia y el suspense que suponía ver  atrapado al pobre Claudio en un mundo donde cualquier descuido o circunstancia podían costarle la vida.  Por otro lado y pese a personajes tan interesantes como el de Mesalina, se hace complicado competir con el recuerdo de los que han ido desapareciendo a lo largo anterior novela: La intrigante y malévola Livia, Augusto, Germánico, Tiberio,  Calígula (antecesor en el cargo y compendio de toda locura posible) y muchos otros que convertían Yo, Claudio en una equilibrada historia coral,   que en demasiadas ocasiones queda aquí al único sostén de su protagonista. En cualquier caso este “Claudio el Dios” encaja sólidamente con su predecesora para ofrecernos la esperada conclusión de un fresco imprescindible alrededor de la primera dinastía del Imperio Romano.

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