Cuentos de Odesa

Cuatro relatos clásicos para la vida moderna

“Cuentos de Odesa”, de Isaak Bábel

cuentos de odesaDe lo clásico a lo moderno, en perpetuo equilibrio entre las historias que nos llegan de otro siglo y las contemporáneas. Nos movemos en una delgada línea, tan fina que, de una forma increíble, podemos pasar de vivir en pleno siglo XXI a hacerlo en el XIX, sin pestañear, y sintiendo que aquello que estamos leyendo es lo que hemos vivido. Lo clásico, tantas historias que nos llegan rescatadas por editoriales, libros que habían permanecido desconocidos hasta que la ardua tarea de la edición crea, imagina, hace realidad, un libro como Cuentos de Odesa, que en sus formas parece un pequeño libro, apenas ciento veintitrés páginas, pero que en su fondo, en su significado, construye a la perfección cuadros de la vida rusa, imágenes que como fotografías se quedan fijas, permitiendo que seamos los lectores los que podamos observarlas detenidamente, con tanta claridad, que puede que en una simple palabra se contenga toda la historia, o que en una escena, dinámica y en apariencia insignificante, esté el germen de lo que separa literatura de realidad, si es que hay alguna distinción posible. Nos movemos, decía, entre lo clásico y lo moderno, es inevitable, pero tan cierto es como que hay autores actuales que dejan sin aliento, tanto o más lo es que cuando un clásico se abre, cuando un clásico como Isaak Bábel entra en escena, algo cambia, aunque sea imperceptible, porque es en esos pequeños detalles, en ese ir y venir entre los lienzos que se nos proponen, donde encontraremos tantas vidas como las de un maestro que sigue vigente a pesar del tiempo o, quizás, gracias a él.

Cuatro cuentos que girarán entorno al “Rey” Benia Krik y su banda, y en la que se leerán entre líneas la pobreza, el desamparo social, la injusticia y el crimen, como si de un viaje sin turbulencias se tratase.

Ilustración de Iratxe López de Munáin para "Cuentos de Odesa"

Ilustración de Iratxe López de Munáin para “Cuentos de Odesa”

La literatura rusa no se encuentra entre mis estaciones de paso habituales. Son los prejuicios los que hacen, una vez más, la labor de convertirme en un iletrado en estos aspectos. Quizás por ello, cuando tengo entre manos un libro como Cuentos de Odesa tengo la sensación de no estar haciéndole honores a sus historias, y que hay algo que me pierdo, que se escapa entre las grietas que pueblan mi cerebro. Pero a la vez, como en una especie de juego sin mucho sentido, agradezco esa casualidad que llevó a un libro como el que ahora nos edita Ediciones Nevsky y que yo descubrí por recomendaciones ajenas, por gente apasionada por este tipo de literatura, y por la que brindo casi siempre que una pequeña obra maestra entra en mi casa para quedarse. Porque en esas escasas ciento veintitrés páginas se encierra un mosaico tan grande y apasionado de la literatura, que a veces uno se asusta al comprobar la cantidad de sensaciones que se vienen entre las páginas de un libro. Porque puede que en este libro lo que no se dice, lo que se intuye, esa imagen que va cogiendo consistencia mientras vamos leyendo, sea lo realmente importante, uniendo las piezas de una historia, de unos personajes, que en sus vivencias nos demuestran la naturaleza del ser humano, porque en la disección, aderezada con dosis de, como bien dice su contraportada, “humor, amor y esperanza”, es donde reside el motivo por el que cuando leemos conseguiremos, con cualquier de nuestros sentidos, entender lo que se esconde.

La experiencia de una lectura, tan viva y diferente en cada uno de los libros que nos escogen, se hace aquí inseparable de la increíble labor de traducción de Marta Sánchez-Nieves que acerca a Issak Bábel sin fallos ni fisuras, y por las ilustraciones de Iratxe López de Munáin, que ponen el broche de oro a unos cuentos que nos llevan por un mundo rural, por la violencia o la simple visión de un crimen, de los crímenes que se cometieron y que se siguen cometiendo, en unos Cuentos de Odesa que, no en vano, parecen la antesala de lo que sucedió en realidad, de lo que sucedió a un autor que no comulgaba con un régimen, y que acabó fusilado. Puede que en estos cuentos se contenga esa especie de respuesta que da la ausencia, pero que desde luego conviene siempre recordar. Ahí, en lo clásico, en lo que lleva tiempo con nosotros, es donde muchas veces nos volvemos a encontrar, como si hubiera aparecido un invitado que no se esperaba, pero al que deseamos agasajar con las mejores de las viandas. Un alimento, en cualquier caso, que aparece de la mano de cuatro cuentos, sólo cuatro, que bien podrían haberse convertido en cien.

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