El límite inferior

Frases que nos recorren como escalofríos

“El límite inferior”, de Nere Basabe

el-limite-inferiorSomos una pequeña combinación de pequeñas tragedias, alegrías y decepciones. La casa en la que vivimos, los silencios que nos resguardan, el frío que la inclemencia del tiempo introduce en nuestro cuerpo, o la risa que se escapa entre los pliegues de nuestros labios. Somos esa pequeña combinación antes de que el mundo estalle, antes de que por la ventana el sol se ponga por última vez, mientras cerramos la esperanza, en ese mismo instante en el que miramos lo que está a nuestro alrededor y ya nada importa demasiado. Un episodio de un capítulo cualquiera, un largo recorrido por historias imaginarias que lo significan todo, unas palabras que, unidas con el acierto necesario, se convierten en una novela como El límite inferior que, construyendo los vientos y destruyendo con las mareas, invierte el sentido del ser humano, devolviéndolo al vertedero desde el que salió, limpio, pulcro, mero disfraz luminoso que era pura fachada, pura publicidad engañosa, jugando al escondite con nosotros mismos mientras el mundo sigue girando, tan impertérrito como amenazador, rodeados de las manos de Nere Basabe que traspasa la carne, que deja sin respiración, que hace que el cuerpo tirite como si la fiebre se quedara con nosotros, en un ejercicio de literatura que nos descubre, de nuevo, que en esa combinación del principio nos reconoceremos como lo que realmente somos: seres débiles sin nada que ganar.

Cuatro personajes se encuentran en La Solana, un pueblo costero del Mediterráneo, escondiéndose de ellos mismos. Victor y Valeria son un matrimonio que huye de Madrid buscando, tal vez, poner fin a su matrimonio; Breogán y Brigitte, artesano y guía turística respectivamente, que se ven sin encontrarse nunca y que no acaban de reconocerse en la imagen que les devuelve el espejo. Los cuatro entenderán que, cuando la gota fría llega al pueblo, un pequeño detalle puede hacer que todo salte por los aires.

La razón poco tiene que ver con lo que una lectura puede hacer en los lectores. Esa lógica, esa racionalidad que bloquea los sentidos y los aletarga, no llegará nunca a describir, con la necesidad que se requiere, lo que provoca El límite inferior en esta experiencia que es su lectura, mientras nuestros ojos van paseándose por las calles de La Solana, y descubrimos que, en cada uno de los personajes, en todas y cada una de las proporciones en las que las descripciones, los diálogos, la acción hacen acto de presencia, un pequeño escalofrío de realidad recorre la médula espinal gracias a Nere Basabe. Frases, oraciones que te dejan mudo, una radiografía de las venganzas personales, de las pequeñas miserias que nos delatan y que convierten la existencia en una mirada de reojo continua, de desconfianza, mientras en nuestro caminar por las calles nos damos cuenta de lo perdido que estamos. Pero también la ambigüedad, el silencio que coarta la espontaneidad, las dobles intenciones y el miedo que atenaza, que ancla al terreno que, removido por el temporal, hace que toda la podredumbre salga a la luz. Es, por tanto, una de las mejores lecturas que cualquier lector pueda descubrir, una apuesta firme, concreta, acertada, por la calidad de una forma de narrar las historias que, sin la necesidad constante de incurrir en las comparaciones, envuelven a aquellos que tenemos el placer de introducirnos en ella y nos descubren, golpe a golpe, letra a letra, a una escritora que no deja indiferente.

Por mucho turismo que se haga, por muy lejos que nos lleve el viaje, es difícil visitar un lugar que no sea mera reminiscencia. Y cuando sentimos siempre que hubo una vez en la que ya estuvimos allí, que esta sensación que experimentamos ya la sentimos antes, que no hay nada nuevo bajo el sol y todo es anamnesis, tal vez sea hora de plantarse.

Los viajes, ese recorrido que se convierte en el ir y venir de nuestra existencia, en un buscar y no encontrar, en un quedarnos ciegos como ratones que buscan encontrar la comida y evitar las descargas, contienen en El límite interior la razón perfecta para fotografiar con exactitud un estado, el mental, el que proclama en nuestro interior que permanecemos vivos aunque la realidad sea una basura que ya huele demasiado. Nere Basabe construye esa realidad y nos la sirve en una bandeja de oro, en una novela como pocas, donde cada una de sus escenas nos recuerda nunca será tarde para descubrir una nueva forma de contar las cosas, que las narraciones son como los vientos que nos zarandean o como las mareas que nos ahogan, y que en una simple frase, en un simple golpe de sonido, hay autoras que tienen la capacidad de dejarnos en silencio sin más necesidad que la del disfrute:

A veces, lo más cruel que se le puede hacer a alguien es amarlo

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