Entre culebras y extraños

Crecer, esa mentira

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“Entre culebras y extraños”, de Celso Castro

portada_entre-culebras-y-extranos_celso-castro_201501081325Frío, hace falta tener frío para que apreciemos el calor. Calor, necesitamos el calor para enfrentarnos a la helada, a la puñetera helada que cubre los huesos en momentos impertinentes. Templado, ese ser o no ser de temperatura, que traspasa la garganta, que recorre nuestros pulmones, y que convierte un beso, una caricia, una simple mirada, en algo que recordar, o que simplemente querer olvidar. Diferentes momentos, extraños instantes en los que nos vemos, nos reconocemos, incluso nos odiamos. Crecer a base de martillazos, de animales que muerden y que introducen su veneno, llegar a la adolescencia y no entender nada, o entenderlo todo pero no saber ponerle nombre, no saber cómo narices nombrar las cosas, permitiendo que no existan, en un mecanismo de negación constante. Humanos o animales, conocidos o extraños, puntos extremos de un mismo continuo, y en todo ese movimiento esquizofrénico de la existencia, un adolescente preso, de sí mismo y de los otros, que convierte a Entre culebras y extraños es una disección, en una operación a corazón abierto, de cómo la desgracia llega, se aposenta en nuestros zapatos, y termina por rodear cada esquina de nuestra vida, aunque intentemos, a base de golpes, batallar contra ella para encontrar, de una jodida vez, quiénes somos en realidad.

Caminas por una librería, observando en sus estanterías qué libros están a punto de irse contigo, de crecer contigo, de experimentar contigo. Y descubres, por un pequeño azar, por un absurdo juego del destino, un libro que juega a esconderse, que con su lomo tan estrecho apenas te dice que está ahí, porque otros libros mucho más extensos lo flanquean y casi le hacen desaparecer. Pero aun así alargas la mano, te acercas, y lees Celso Castro. Lo sacas de esa especie de jaula, y ves a ese niño de ojos enormes, de mirada casi vidriosa, y te llama la atención. Puede que después leas su contraportada, pero si sois como yo, os lo llevaréis a casa porque algo nos dice que el libro merece la pena. Y nos sentamos, nos ponemos cómodos, pensando que esta historia será liviana, con el prejuicio arrimado a los hombros de aquellas novelas cortas que se pasan con un suspiro. Y caes, caes hasta el mismo núcleo de la Tierra, te quemas por dentro, notas cómo abrasan las letras, como las dentelladas de la adolescencia se abren paso entre tanta melancolía de la edad adulta, y entiendes tu error, lo entiendes y no lo evitas, casi lo abrazas, convirtiendo una experiencia liviana en un placer absoluto, casi culpable, que surca nuestra piel y la confina a un dolor tan puro como verdadero, un dolor que todos conocemos: crecer, cuando no podemos hacer nada por evitarlo.

Y es que Entre culebras y extraños es una crónica de viaje existencial, es un observar crecer a un desconocido, que en realidad somos cada uno de nosotros, en ese interminable – o al menos, así nos lo parecía – caminar adelante cuando sólo creíamos estar parados, sin ninguna meta que nos conminara a seguir, a avanzar. Crecimos al abrigo de familias que nos parecían esos extraños del título, y aquí, en la voz agrietada unas veces, potente otras, de un niño sin nombre, aparecen retratados en toda su crudeza, definiendo a la perfección las relaciones de las madres que absorben, los hermanos que no son botes salvavidas sino bombas a punto de estallarnos en los dedos, y cómo el primer amor, ese que no se olvida y que siempre marca, termina arrancando de cuajo una posible felicidad poniendo en su lugar preguntas sin respuestas, secretos que debieran haber permanecido en silencio, y a un Celso Castro en estado de gracia, una gran aventura que, de tan profunda llega a ser punzante, de tan violenta llega a ser reveladora, y que nos hace ver las sombras que rodean la luz, cuando todo lo que creíamos cierto, esos consejos de crecer para ver la verdad, para conocer lo que realmente importa, no fueron más que ensayos de laboratorio para que permaneciéramos en silencio cuando, de tan gritar hacia dentro, sólo se formó un hueco tan amplio que nos llevó, en ocasiones, a exterminarnos a nosotros mismos.

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