Farándula

La mierda entre bambalinas

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“Farándula”, de Marta Sanz

farandulaEsta iba a ser una reseña normal, de las de siempre, en las que yo me pongo a narrar las virtudes de un libro, sin cobrar, pero todo muy profesional, tanto que a veces hasta asusta, pero me ha venido a la cabeza que, al igual que sucede en Farándula de Marta Sanz, la vida tras las reseñas suelen ser mucho más divertidas, más irreverentes, más de cotilleo de patio de vecinas, que las reseñas en sí, que al final parecen perderse en el gran limbo del mundo virtual, mundo poco físico en el que la imaginación, como en una película porno, llega a ser mucho mejor que lo que uno quiere plasmar. Por eso empezaré esta reseña – que en realidad no lo es en su sentido estricto – contando que mi madre, mi progenitora, la que me dio la vida y a la que quiero, pero como buen hijo independizado soporto más en la distancia, no gusta de leer nada. No es que no le gusten los libros, eso no. Lo que le sucede a mi madre es que, viendo a su hijo abjurar de todo lo que tenga que ver con el mundo editorial, a veces, no siempre, no todos los días, sólo un poco, la puntita nada más, ha acabado por pensar que los libros contienen en su interior una pizca de profesionalidad, otra de contubernio, mucho de falsa modestia, y algún que otro favor no explícito pero que se traduce entre líneas. Y eso que yo no soy de los más virulentos, pero ella coge lo que quiere del mensaje, lo que le conviene, lo que le hace quedar un poco por encima y, sin que sirva de precedente, le voy a llevar la contraria: si hubiera leído este libro hubiera pensado lo mismo que yo, a saber, menudas ostias – sin h, nunca con – más bien dadas.

Detrás de los Premios Herralde siempre tiende a celebrarse la calidad de lo que se nos propone. No he leído al finalista – que ya tengo debidamente en la pila de los libros pendientes por abrir – pero a Marta Sanz, como admirador un poco extremo que soy, con esa mezcla de histrionismo y lágrima fácil, creo que hay que seguirla porque, como ella misma me dijo en una entrevista, yo (ella) escribo sobre las cosas que me duelen. Y si se tratara de hacer un análisis de todo lo que le duele a la autora en Farándula me temo, queridos lectores, que estamos bien jodidos. No sólo porque el mundo del teatro, del business, de la cultura, de la representación, de la máscara  y cáscara amarga, aparezca retratado con la crudeza y la ironía y el sarcasmo y el humor negro y la falta de censura a la que nos tiene acostumbrados en sus libros, no es sólo por eso. Hasta ahí, creo yo, tenemos claro que hoy en día algo bien dicho, la verdad, eso que se pide mucho pero se regala poco, es lo necesario. Pero aquí, señores, señoras, especies extraterrestres o personajes de ficción de cualquier novela al uso, lo que se retrata no es sólo un escenario, unas bambalinas, un lo que sucede tras el telón sino que lo que viene a mostrarse es una fotografía, en movimiento pero fotografía al fin y al cabo, de una sociedad que ha decidido cambiar los pañales por la mierda, la limpieza por la suciedad, la honestidad por el artificio, la superficialidad, el no mojarse o mojarse de lleno, siempre, pero en la piscina equivocada. En definitiva, un juego entre los faralaes y las tarántulas (quien lea el libro lo entenderá a la perfección) que exige risa concentrada y algún que otro mirarse en un espejo.

Pero decía que esto no es una reseña como tal. Y n-o lo es porque con Marta Sanz me sucede siempre lo mismo: me es imposible seguir el ritmo, controlar cada una de las informaciones, pensar en los detalles – de tan elevado número, con cientos, miles de referencias que a veces me pregunto si la autora no es en realidad una especie de otro planeta -, y al final tiendo a convertir mi lectura en una globosidad que no le hace justicia. Tras el telón, bien sea en un teatro majestuoso o en uno minúsculo, siempre se han escondido las miserias de todos aquellos que se han subido a las tablas. Vidas que, en ocasiones vacías de contenido sin el aplauso de las butacas, caían en el olvido. Y es que Farándula nos cuenta eso, pero también nos enseña que, entre otras cosas, nuestro propio teatro, el que creamos bajo las alfombras de nuestras casas, en las calles de las ciudades con contaminación, no deja de tener esa misma pátina de porquería y asco que, me temo, está empezando a concentrarse en nuestros dos pulmones. Inspirar, espirar, inspirar, espirar. La mala leche ya llegará como cuando se termina un libro como éste y te imaginas pensando en lo que volvería a decir tu madre: menudas hostias – sin h, nunca con más bien dadas.

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