La hermandad

La venganza corre por la Historia

“La hermandad”, de Marcos Chicot

la hermandadLa Historia es verdad, tanta como se impone con todas sus leyes, a veces, la realidad de un acontecimiento que arrebata las vidas, que las deja secas, en las que la violencia se convierte en un camaleón que se disfraza de cuerpo, tan tangible como lo pueden ser las puertas que se cierran o que, simplemente, se quedan abiertas esperando un desenlace que no acaba de llegar. Pero decía que la Historia, la que se escribe con mayúscula, es verdad aunque también puede convertirse en mentira, en discursos que no aparecen en los escritos, en venganzas traducidas a numerosos idiomas, en historias de amor que, silenciadas, se convierten en mito cuando en realidad tuvieron algo de esa verdad que arrastró durante días las almas de los condenados. Hablo de Historia, aunque también debo hacerlo de historias, algunas como La Hermandad que recubren la experiencia de un lector con esa pátina de credibilidad, de emoción, de veracidad, que revuelve los engranajes que habían permanecido estancados en un movimiento que, junto al óxido, había conseguido ensuciar lo que un libro nunca debe hacer: dejarnos indiferentes. Y es que volver a reencontrarnos con algunos personajes siempre es motivo de satisfacción, más si cabe cuando los entresijos de una novela consiguen atrapar al lector como si de una tela de araña se tratara, o como si nos encontráramos ante una película de la que no podemos apartar nuestros ojos. Una imagen, quizás una simple palabra, que logre desbaratar todo lo que se había construido y que pueda traer a nuestra realidad el caos más absoluto.

Akenón y Ariadna reciben la peor de las noticias: Pitágoras ha muerto. Cuando creían haber solucionado todos sus problemas, descubren que un antiguo enemigo ha vuelto de entre los muertos para convertir su vida en el infierno del que sospechaban haber salido. Pero siempre hay un sitio para la venganza, y ésta parece dispuesta a cobrarse todas las vidas que pueda encontrar a su paso.

Nunca es fácil unir a la perfección el pasado con la actualidad. Hacerlo, además, con una historia como la que encierra La Hermandad tiene más mérito por lo que supone de investigación, de descripción de aspectos que desconocíamos, y hacerlo como lo hace además Marcos Chicot que, de una manera sencilla y que acompaña al lector sin ningún tipo de palo entre las ruedas, nos dirige por las páginas de una forma sencilla y amable – incluso en pasajes que no lo son en absoluto, como por ejemplo los que suceden en casa de Glauco -. Si además, entendemos la lectura de una novela como pequeños destellos que van alumbrando la ceguera que acompaña a cada lector al principio de cada libro, tenemos ante nosotros una de esas oportunidades en las que, capítulo a capítulo, se van abriendo los caminos que habían permanecido cerrados al paso en los comienzos, llegando a un final que nos conmina a seguir pidiendo más, a empaparnos con los personajes, a entender sus razones y las motivaciones que les hacen seguir adelante, nunca detenerse, construyendo un camino que llevará a la destrucción o a la salvación, sólo depende del punto de vista con que se mire o el prisma al que queramos atender mientras vamos observando las dos épocas que, unidas por un fuerte lazo, acaban convirtiéndose en una sola.

Cartago, el siglo XXI, la venganza que se alarga a través del tiempo, dos historias de amor que se parecen en sus formas aunque no en su contenido, Pitágoras, conceptos como la hipnosis, la monitorización de cada uno de los seres humanos que poblamos el mundo, son sólo algunos de los detalles que encontraremos en La Hermandad – segunda parte de la ya conocida El asesinato de Pitágoras, a pesar de poder leerse de forma independiente como bien describe en su parte final Marcos Chicot – y que vuelve a coger fuerza a través de sus personajes, verdaderas puntas de lanza de un libro que consigue hacernos conocer la Historia de una época apenas percibida, y nos hace reflexionar sobre las actividades que, tras la endeble explicación de la seguridad, realizan aquellos que supuestamente gobiernan que todo se cumpla y nada se salga de la línea marcada. Nadie dijo que escribir fuera fácil, pero tan cierto como lo que acaba de decir es que tener una pasión como escribir provoca, en ocasiones, que nos lleguen historias tan divertidas como ésta y que pasemos las páginas sin enterarnos apenas de haber llegado a un final, a la espera de un tercer libro que, esperemos, todos podamos ver consumado.

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