Suburbana

Una novela de verdad

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“Suburbana”, de Claudio Mazza

suburbanaUno nunca sabe cuándo la realidad nos golpeará fuerte. De la misma forma, uno no entenderá nunca cómo, por esos recovecos en los que la memoria juega al escondite, los recuerdos aparecerán de golpe, como si fueran pequeñas obras de ficción que nos parecerá no haber vivido. La memoria, la familia, la ida y la vuelta, la pasión, la vida. Todos conceptos con artículo femenino, que doblan su peso en esta obra, Suburbana, donde cada uno de los momentos sirve de ejemplo para todos aquellos que, lectores ávidos en esto del mundo literario, buscan historias de verdad, que puedan palparse, que se conviertan en un pequeño río que, bajando veloz por la montaña, vaya a dar al mar, a ese océano del que todos formamos parte, transformando la imaginación en algo completamente físico, tan real dentro de lo imaginario, tan posibilidad dentro de ese mundo de ficciones, de reencuentros, de voraces inclemencias del tiempo, de un tiempo que es Historia, que es narración y dolor a partes iguales, recubriendo nuestros cuerpos con esa pátina del polvo del camino, de esos surcos del azar de los que hablaba Machado, y que nos imploran, desde sus páginas, enfrentarnos a los miedos que, tiritando con nosotros bajo las sábanas, se traducen en novela, y en una de las mejores.

Renzo debe volver a Buenos Aires para asistir a la operación de su padre. Allí, la aparición de Alma, una mujer que golpeará su mundo, le hará recordar todos aquellos asados familiares, el olor de una dictadura, y la Historia de un país que lo dio todo y que acabó convertido en pasto del dinero. Los recuerdos, la familia, y el amor lejano, serán los pasos que deba dar para volver a encontrarse consigo mismo.

Estamos llenos de etiquetas. Tantas, que a veces es imposible salirnos del margen, olvidarnos de lo que ya se ha catalogado, y ampliar un poco las miras de aquello que estamos leyendo. Sucede que, a veces, uno se sorprende con una lágrima rodando por su mejilla, solitaria, que nace en la cuenca del ojo y va a parar a unos labios que han mantenido su presión desde el principio. Y allí, en esa comunión casi perfecta entre lo físico y lo más etéreo, es donde me he encontrado con Suburbana, en una especie de conversación a tres bandas con Renzo, Alma y Claudio Mazza, compartiendo los momentos que, los silencios, han convertido su relación en una novela que se debate entre lo melancólico de las emociones y el reconocimiento, entre el estar y el ser, entre una vida por escrito y una vida sin sonidos, cuando sólo un pequeño detalle hace que explote todo aquello que habían conocido. Por un instante, durante los dos días en los que esta novela fue leída, me observé, claramente, casi con la nitidez de una fotografía que está expuesta en una galería de arte, caminando por Buenos Aires, respirando el olor del mate, escuchando ese acento de sus argentinos, y observando cómo los cuerpos se esconden de la verdad y del dolor que causa el tiempo. Pero también he sido consciente de los amores incondicionales, de los secretos que se guardan por necesidad y valentía, de todos aquellos mundos que, girando sobre una misma estrella, acaban chocando y removiendo a sus habitantes como los terremotos que buscan agrietar lo que ya se había construido.

Decía al principio que estamos llenos de etiquetas. Y es que no sería justo circunscribir la novela de Claudio Mazza en, simplemente, el ámbito de la literatura LGTBI – Lésbica, Gay, Transexual, Bisexual e Intersexual – puesto que de lo que aquí se habla excede, con creces, el simple arquetipo que está llamado a confundir el fondo con la forma. Poco importa la sexualidad del protagonista, porque de lo que habla Suburbana es de la propia vida, de la existencia, del olvido y del perdón, de vivir y morir, de una imagen y palabras, en definitiva, de todo aquello que nosotros, seres humanos que se mueven por el mundo como una especie de animal asustadizo, nos hace convertirnos en lo que somos. Una historia tan cierta como necesaria, un viaje al pasado que, unido al presente, consigue que abramos los ojos, que nos enfrentemos a los recuerdos, que lloremos y derramemos, quizás, esa lágrima solitaria que a mí me llegó a inundar un cuerpo que tiritaba por sentir el último abrazo que Renzo recibe, por observar a Alma escribiendo en su cuaderno, por notar cómo el calor de un asado nunca volverá a tener, gracias a Claudio, el mismo sabor ni el mismo significado.

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