Tierra de brumas

Un sueño hecho realidad

“Tierra de brumas”, de Cristina López Barrio

tierra-de-brumasEl amor nos vuelve locos. Como si un enjambre de abejas zumbaran y clavaran el aguijón en nuestro aliento de cenizas y alcohol; como si una enredadera tejiera dentro de nuestra piel venas por las que corren pesadillas y destinos dispuestos a hincar sus dientes; como si un paisaje escondido guardara nuestros secretos, exprimiéndolos, convirtiéndolos en océano sin ojos que lo observen. El amor, el destino, los instintos que ligados a la tierra, a los seres antiguos que gobernaron antes que nosotros, transforman una historia en leyenda, en puro sueño clavado en la tierra, en la vasta tierra que se escarpa, se convierte en risco afilado, en olor a orujo y a maldición en mujeres que en su amor encontraron su condena. Tierra de brumas es un cuento amargo, una narración que exprime, que descontrola la realidad para convertirla en un juego macabro donde silencios y gritos se unen a historias pasadas, donde las familias se unen por error y terror, donde el cierzo es capaz de helar el cuerpo, pero no apagar del todo un corazón. Es vida y es muerte. Una fotografía que tomada del revés nos observará a pesar del tiempo, de ese tiempo que no deja de ser otro ser vivo que intenta aniquilarnos y postrarnos en camas de lino, mientras el pelo se convierte en nieve y la piel en la sequedad de reinados efímeros. Todo esto es esta novela. Todo esto y mucho más.

Valentina vuelve de La Habana para convertirse en reina del Pazo de Novoa. Pese a su reticencia, a su deseo de escapar de aquellos parajes gallegos llenos de oscuridad y leyendas milenarias, escuchará de boca de Bruna, su abuela, la historia de las Mencía, la estirpe de mujeres que, como ésta dice: o eres loca o reina o santa o borracha.

Sigo la pista a Cristina López Barrio desde que leyera, allá en el 2010, su primera novela La casa de los amores imposibles. Fue entonces cuando cerré aquel libro y no quise volver a una realidad tan aburrida como abrumadora. Algo faltaba, algo en esta verdad que se llama vida, se había quedado hueco, como si un pequeño vacío hubiera decidido quedarse para viajar allá donde fuera. Tiempo después vuelvo a ella con Tierra de brumas y permanezco mudo, en un silencio que daña la garganta, cuando lo que quisiera hacer es gritar, de la alegría y de la pasión, y por ello comienzo a escribir esta reseña. Hablar de esta novela es hacerlo de toda una generación de mujeres, de una época no parece de este mundo, un universo donde la imaginación de la autora convierte los sonidos, los olores, incluso el tacto, en imágenes oníricas llenas de un realismo mágico, de una fuerza que no se puede cuantificar, y que van caminando junto al lector en la historia narrada de dos familias, las Mencía y los Novoa, que vieron sus destinos ligados e incluso asfixiados por el juego entre la locura y los instintos, que convertidos en cuerpos derrotados y exhaustos por la pasión, convirtieron las vidas de los que habitaban dichos paisajes en una narración de vida, de recuerdo. Personajes descritos con una fuerza inusitada, protagonistas que guardan su inocencia en cuerdas con las que hablan, locas y borrachas que son leyenda y mito, aderezado con los detalles que cada uno de nuestros sentidos es capaz de sentir.

La vida de una lectura, la existencia del lector que va pasando sus páginas, debiera contarse por las veces que un autor le ha dejado sin palabras. Cristina López Barrio con su particular estilo a la hora de narrar historias, nos envuelve en esta Tierra de brumas en un sueño que se hace realidad, casi físico, mientras a un ritmo pausado va destruyendo la tela de araña que ha tejido desde el principio, cuando las mujeres y el amor, cuando los hombres y las armas, cuando distintas épocas, toda una vida, se mezclan para hacernos entender, de la mejor forma posible, que el amor nos vuelve locos, nos derrama por dentro, nos anega, ahogándonos con el sol que se cuela por las ventanas de una casa señorial que guarda en su interior tantos secretos como las mentiras que se han callado durante generaciones. Ser, por un momento, la locura, aguijoneando los últimos vestigios de lo que nos queda, ahora sí, de vida.

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