Un perro

Los laberintos de la vida

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“Un perro”, de Alejandro Palomas

un-perroIntentamos por todos los medios ser felices. Con fuerza, con saña, con un absurdo afán por creer que, en esa felicidad, se encontrarán todas las respuestas a aquellas preguntas que nos hemos formulado. Y pensamos, decidimos, sentimos, con ese miedo a que detrás de todo lo que hacemos, no se encuentre ese sentimiento del que hablan todos los libros, los informativos, las revistas, las terapias. Pero de la misma forma que existe la felicidad, que una emoción universal aparece de improviso sin poder evitarlo, el reverso permanece en la sombra, como observándonos, mirando nuestros movimientos y deseando poder alcanzarnos. Uno no puede existir sin el otro. Como si fueran gemelos que han nacido unidos por cordones que, aunque intentemos romperlos, son inseparables. Un perro es más que una novela. Lo es por un motivo: se mueve a la perfección en esos mensajes que, sin mediar palabra, sin la necesidad imperiosa de mostrar la palabra, se convierten en importantes y casi, me atrevería a afirmar, inevitables. Y ahí, en ese movimiento que parece un baile pero que en realidad no deja de ser la vida, es donde Alejandro Palomas nos deja con la piel de gallina. Porque a veces, no es necesario describir una saga de enormes proporciones. A veces, simplemente, es necesario describir la vida.

Fer espera una llamada. Amalia, su madre, está sentada frente a él. Y en ese intervalo que existe entre el silencio y el sonido de un teléfono, empezarán a salir a la luz secretos y palabras no dichas que, en algún momento, quedaron enquistadas por el peso de la culpa, de la vergüenza y, en ocasiones, del pudor. Fer y Amalia no lo saben, pero esa noche va a cambiar sus vidas.

¿Cómo se escribe una novela? Me lo pregunto siempre que hay una historia que ha dejado mi vida como lector tiritando. Y me lo pregunto, siempre, con esa necesidad inquisitiva que a veces es demasiado pesada, cuando un libro ha hecho que me identifique con uno de los personajes. Un perro sigue los pasos que ya se marcaran con Una madre, pero amplía su universo y nos muestra aquellos mensajes que dejaron de contarse o que permanecieron en un limbo que, por lógica, deja caer las palabras para que exploten en la taza de un café. Las conversaciones, los diálogos, en ese placer de observar cómo dos personas hablan, es donde Alejandro Palomas pone toda la fuerza de unos personajes que podrían haberse quedado estáticos, pero que avanzan, se lo plantean todo, cuestionan a los demás y siguen sin enfrentarse al verdadero problema que les rodea: el obligado silencio que da el no saber cómo afrontar la vida. Pero, ¿cómo? ¿cómo es posible escribir una novela y dejar sin aliento a un lector? Son preguntas que no tienen respuesta. Que marcan una equis en una página, como si fuera el símbolo donde se encuentra el tesoro de la isla perpetua, y que nosotros, los que leemos, seguimos a pies juntillas mientras las páginas se van sucediendo. ¿Es magia? No. Es literatura. Simple y llanamente.

Las novelas de Alejandro Palomas tienen siempre el componente emocional como vehículo que articula la realidad. Poco importa la situación, puede ser una mera excusa, un simple elemento. Pero la verdad es que ese punto, ese simple resorte, es lo que construye, en esta ocasión Un perro, y nos devuelve a unos personajes que muchos amamos y que contribuyeron, de alguna forma, a que viéramos la vida de otra forma, o a que se paralizara durante unos instantes la vida para que miráramos, pensáramos, sintiéramos, que lo que se pierde puede no agotarse nunca, que el tiempo puede no curar pero al menos sí alivia, que en los silencios siempre se encuentran más respuestas que en las palabras, y que vivir no deja de ser una misión complicada, pero no imposible. La vida cambia, nuestra vida cambia, y en los laberintos por los que nos metemos sin mirar bien a nuestro alrededor, es donde, con esta novela, daremos con alguna que otra salida.

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